UNA NOTA DE MARGARITA ELIAS

Eran casi las cuatro de la tarde. La estaba esperando. Quería que me (nos) cuente todo acerca de su increíble viaje. Cuando el timbre sonó, corrí hacia la puerta cancel. Allí estaba mí entrevistada, Laura Biagiotti, quien no estaba sola, sino que venía acompañada por “Argenta”, su bicicleta rodado 26 de aluminio, bella por donde se la mire. Quien conoce a “Lau” bien sabe que va a todos lados pedaleando: cuando va a hacer los mandados; con bolsos cargados de ropa para vender a domicilio; para juntarse con sus amigas, o hasta para ir al estudio donde da clases de árabe. No sólo lo hace como forma de movilizarse, sino también, por amor. A los 5 años aprendió a andar en bicicleta, en una Mini Roda, y comenzó a “dar sus primeros pasos” en dos ruedas. Ahí se forjó esa unión, en aquellos tiempos en los que la inocencia y la simpleza prevalecían y uno era feliz con tan poco. Pero la vida le daría un giro de 360º ya un poco más de grande: su hermano fallece arriba de la bicicleta tras un accidente de tránsito. Su forma de percibir el contexto cambió “de golpe y porrazo”, y es hasta el día de hoy que, para ella, salir a pedalear tiene una connotación de honra a la vida. Quién diría que tiempo después, Laura compartiría sus andanzas junto a su marido Daniel Valiente, y Benjamín y Simón, sus dos hijos. Su fiel Musseta, testigo de miles de momentos vividos, fue su compañera en sus primeras salidas de tipo “ciclo turismo” en el año 2016, hasta que a mediados de junio, “la cosa se puso seria” –como quién dice- y decidió comprar un modelo mejor: así llegó “Argenta”. A pesar de que le costó bastante adaptarse a una bici de montaña, muchos domingos seguidos la llevaron a descubrir lo que ella llama “Bici Life” como estilo de vida, y con ello el “Mountain Bike”, como actividad física. Lejos de considerarse profesional o ciclista de competición, Laura sale a pedalear por lo aventurera y amante de la naturaleza que es. Así fue que, el año pasado, durante unas vacaciones familiares, conoció a Fabián Ezquerro, un ciclista mendocino súper entrenado, quien la llevó a andar por las Chacras de Coria, en Luján de Cuyo. Como el Big Bang, así explotó la cabeza de esta muchacha de 39 años, que pasó de bicicletear por los campos de nuestra Luján a realizar verdaderamente “Mountain Bike”. “Ahí te sentís vivo, recuerdo que estaba sobreexcitada, y fue en ese momento que me dijo que él hacía el Cruce de Los Andes”, contaba Laura. Pasaron los meses, y esa travesía resonaba en su mente una y otra y otra vez. Tenía miedos (¿y quién no?) y exteriorizarlo hacía que la gente esboce un “¡Vos estás loca!”. Pero nada de eso la haría echarse para atrás. Un mes y medio antes la decisión ya estaba tomada: el 10 de febrero haría el primer cruce de Los Andes en bicicleta por el paso “Las Damas”. Con ese único objetivo fijo, la audaz Biagiotti entrenó de lunes a lunes, haciendo salidas de 4 o 5 horas, abajo del sol, por todo el partido de Luján y hasta por localidades aledañas, siempre descubriendo caminos de tierra inciertos. “Me di cuenta cómo te cambia el deporte. Yo hago danza, pero si bien la danza te da un montón de satisfacciones, hacer deporte te cambia el humor, te sentís bien por haber entrenado, te impulsa a alcanzar tu objetivo, tenes más pilas, sos más sociable”, reflexionó. Sin su amada dos ruedas (pero sí con su casco, su calza de ciclista, el camelback (para tomar agua) y una reserva de alimentos), Lau se fue rumbo a la provincia de Mendoza, que la recibiría flamante en su primer día libre previo a la travesía: no pudo con su genio y se fue hasta Cacheuta pedaleando, ida y vuelta. Para ponerlo en contexto, querido lector/a: el paso “Las Damas” se encuentra a 3.000 metros de altura sobre el nivel del mar, sobre los 34° 50? de latitud sur, a la misma altura que las ciudades de San Rafael (Argentina) y San Fernando (Chile).Quedó inaugurado el 15 de marzo de 2015 como canal de comunicación con el extranjero, a fin de promover las actividades turísticas, económicas, sociales y culturales de la provincia del oeste de nuestro país. Por allí –y por primera vez en la historia de este camino- este grupo de 31 ciclistas (incluida Biagiotti), partió el 10 del mes pasado desde “Las Leñas”, haciendo un total de 43 –durísimos- kilómetros solo en el primer día. Eran solamente ellos y Los Andes; después de los 30km. “no pasaba ni un alma”. Lo que llamó la atención de esta ciclista era la diversidad etaria: desde dos jovencitas de 13 y 17 años que habían ido con su papá, hasta un hombre de 65; desde curas hasta periodistas, desde amateurs hasta profesionales... todos iban (casi) a la par detrás de su objetivo. A pesar de que Antonio, un contingente que ofició de bicicletero, tuvo que asistir varias “biclas”, llegaron tras largas horas de pedaleo bajo el sol hasta el refugio “La Quesera”, al lado del río. “Terminé el primer día pensando <es duro esto>, pero después te das cuenta que subimos un montón, que había gente re agitada, pero a mí me parecía placentero igual, como satisfactorio. Sentía como que éramos un grupo de peregrinos. Hubo tramos de descenso en esa primera etapa y yo ahí relajaba un montón, tomabas aire, disfrutabas la adrenalina de la bajada que es todo lo contrario a la subida. Me tomaba mis momentos para parar y disfrutar el paisaje sola”, comentó. Con lo poco de fuerzas que les quedaba tiraron carpa, se higienizaron a la intemperie y deleitaron su paladar con unos calentitos ravioles con tuco para combatir el frío (y por “frío”, a la noche en pleno Andes, Laura se refería a -5ºC). “Hacer el cruce es mucha templanza interna. Vas a encontrarte con vos, a desafiar tu límite. Nadie te va a boicotear ni ayudar. Estas vos con la bici y la montaña. Si bien el grupo estimula, cada uno tiene su tiempo interno de rodada, cada uno se cansa de manera distinta, cada uno ve las cosas de manera distinta”, consideró. Si bien cada momento era digno de “captura mental”, el “broche de oro” fue en pleno insomnio nocturno, cuando salió de su carpa y contempló esa inmensidad del cielo totalmente estrellado, la cordillera y el sonido estremecedor del curso del río. Hoy lo recuerda y llora, porque como ella dijo: “son esos momentos que te hacen sentir viva hasta la última célula de tu cuerpo”. El segundo día, a pesar de definirlo como una “odisea”, fue cuando lograron llegar al hito: se levantaron alrededor de las 7:30 y pedalearon en subida “en forma de caracol” por un camino un tanto inestable, de mucho polvillo y piedras, que hacía doler mucho los brazos. Alternaban entre caminata con la bici a cuestas y la rodada minuciosa, y siempre tratando de mantener el nivel de azúcar comiendo caramelos, barritas de cereal o frutos secos, además de tomar permanentemente agua que llevaban en las camionetas que los escoltaban. De todos modos, hubo varias caídas. Sin embargo, siguieron pedaleando hasta que en medio del trayecto llegaron a un llano y Hugo, su otro guía, les dedicó unas palabras ya que sabía que estaban tan solo a metros de la frontera. Llorando y cantando (casi sin aire en sus pulmones) el Himno Nacional, llegaron al hito que dice “ARGENTINA MALARGÜE – CHILE SAN FERNANDO”, que delimita la frontera y donde está la escultura del artista chileno Américo Becerra, que representa a un huaso y un gaucho, con las banderas de Argentina y Chile. No había más que felicidad absoluta para inmortalizar en fotos. Ya estaban en el país vecino y en el 50% del total de la travesía. ¿Recuerda, querido lector/a, que anteriormente había aclarado que este segundo día había sido una “odisea”? Contaba Laura, que el paisaje cambia de forma rotunda: cambió desde el terreno, los colores de la montaña, había muchas pendientes y acantilados, y al ir tanto en bajada, su rodada era mucho más ágil pero peligrosa. Por orden del guía, tuvieron que ir caminando hasta que llegaron a un río. Aunque estaban avisados por radio sobre la crecida de las aguas, una de las camionetas quedó atascada por querer intentar cruzar. Ante ese panorama, los organizadores terminaron deliberando que debían de hacer un “puente humano” entre las 9 mujeres y un hombre en cada extremo, todos agarrándose bien fuerte de las manos. Solo ella sabe la fuerza que tuvo que hacer y el trabajo mental para no zafarse e irse con la corriente. Por suerte, llegó un chileno al rescate una camioneta en la que cargó a los hombres que habían quedado del otro lado, y cuatro viajes más para pasar sus bicicletas. Superado el momento con un rato de rodada, cerca de las 19:00 llegaron hasta unas carpas donde estaban los carabineros para hacer el trámite de inmigración, con el sol que todavía quemaba y ya al punto de la deshidratación. Ahora sólo restaba llegar hasta las “Termas del Flaco”, ubicada en “Los Molles”, un pueblito que en invierno se deshabita porque queda todo bajo nieve. Otra experiencia extrema pero única volvieron a vivir al encontrarse con otro río y cruzarlo, esta vez, en una retroexcavadora manejada por el personal que estaba trabajando en la construcción de lo que será el puente. La última hazaña fue ir con la bici “a upa” por unos acantilados muy finitos con paredones de tierra y luego atravesar unos zanjones gigantes levantando unos alambrados hasta llegar al lugar donde iban a descansar. Además de la carga histórica “Sanmartiniana”, a Laura la movilizaba saber que estaban a 7km. del lugar donde se estrelló el vuelo 571 de la Fuerza Aérea Uruguaya en 1972. Sólo les restaba 75km. hasta San Fernando, donde habían llegado también los sobrevivientes de la tragedia. El último día de travesía se había desatado y con él la velocidad: una rodada de 50km/h. los hizo disfrutar del camino luego de tantas subidas vividas. Al llegar hasta una plaza en San Fernando, los habitantes del lugar se emocionaron por la presencia de un grupo de ciclistas tan numeroso al punto de registrarlos con sus teléfonos celulares como todo “fenómeno”. “Siento que el ciclismo crea una conexión entre la persona y la naturaleza. Usas los cinco sentidos, todos conectados al mismo tiempo. Para mí la bicicleta es libertad”, reflexionó Laura. Hoy continúa pedaleando como forma de “meditación en movimiento” e invitando a que la gente se sume a esta idea de “ciclo turismo” los domingos por la ciudad de Luján. “A los que están indecisos les digo que primero prueben un día o una tarde subirse a una bici, y darse el permiso de ver qué es lo que le genera. El “no puedo” no existe. Hay que animarse y no pensar en lo que va a pasar, si no vivir el momento, el presente”. En 2019 ya tiene programado volver a hacer Los Andes pero por el paso de “Aguas Negras”, y –quién dice- que en unos años logre hacer el Camino de Santiago de Compostela en Europa. Nada es imposible en esta vida si uno lo sueña y pedalea, como hizo Laura desde el primer momento que se subió a una bicicleta.