UNA NOTA DE MARGARIA ELIAS

Deconstruir, cuestionar, empoderar, visibilizar. Conceptos que hoy se repiten, que están en boca de alumnos y maestros, y que imponen un debate dentro del marco educativo. La militancia feminista en las escuelas y el reclamo por el cumplimiento de la Ley de Educación Sexual Integral.
“Buen día, seños! -saluda una madre a través de una nota en el cuaderno de comunicados de su hijo- Quería contarles que Benja comentó en casa que durante el momento de la ronda se utilizó el término ‘TODES’…”; afiches aniñados con la temática de igualdad de género y violencia sexual se observan por los pasillos de las escuelas; los varones de quinto y sexto año realizan en un Colegio de José Mármol un “pollerazo” como lucha por la naturalización de los cuerpos; las mujeres estudiantes toman el Carlos Pellegrini para visibilizar el reclamo para que se apruebe el proyecto de ley sobre la Interrupción Voluntaria del Embarazo.
Está más que claro que el movimiento #NiUnaMenos surgido en el 2015 llevó a cambiar los esquemas tanto sociales como educativos: buscar replantear los comportamientos interpersonales con los directivos como entre los mismos compañeros, y exigir el cumplimento de la Ley 26.150 sobre el Programa de Educación Sexual Integral (ESI), sancionada en el año 2006, el cual todavía no se aplica en la currícula en la totalidad de instituciones escolares que hay en el país. “Las reivindicaciones feministas aparecen en la escuela en primer plano al igual que en otros espacios sociales. Los jóvenes están planteando a los adultos ni más ni menos que la plena vigencia de sus derechos: a opinar, a decir lo que piensan, a recibir igualdad de trato y a recibir educación sexual integral”, analiza Marina Larrondo, Doctora en Ciencias Sociales e Investigadora asistente del CONICET con sede de trabajo en el CIS-IDES/CONICET.
Si bien las organizaciones como los Centros de Estudiantes (avalados por una Ley de Educación Nacional) existen hace más de tres décadas, hace ya tan solo una que chicas y chicos de entre 13 y 16 años de edad provocaron su auge llevando la militancia, que se daba en las calles u otros espacios de pertenencia impulsados por el gobierno Kirchnerista, puertas adentro del colegio. “Durante muchos años, desde diversos sectores, se planteó como un problema si la participación política en la escuela estaba “cooptada” por agrupaciones políticas. Desde el sentido común se lo asociaba a la manipulación, la falta de autonomía de los jóvenes, al adoctrinamiento y varias categorías que desde la investigación no resisten análisis. Cabe destacar que esta mirada de sospecha no es reciente: es consustancial a la relación entre escuela y sociedad”, evalúa la Licenciada Larrondo.
Sabrina (34) es maestra de los “EGRESADES” de sexto y séptimo grado de una escuela de Villa Crespo, en Capital Federal, que en estas últimas semanas causó gran controversia en las redes sociales por la inscripción con lenguaje inclusivo en el buzo de sus alumnos. Para ella, esta ebullición estudiantil se debe mucho al movimiento feminista y al de lesbianas, gays, bisexuales, transgéneros, transexuales y queer (LGBTQ) y asegura que, en los últimos años, ha cobrado mayor trascendencia en los medios de comunicación, por lo que su consumo acarreó que los menores se interiorizaran en el asunto y en la opinión pública. “Las chicas están tomando mayor protagonismo y están tomando su vida como quieren vivirla”, expresó la educadora que, además, aprovechó para dar noto riedad del antes y después que se produjo en las aulas: “Me ha pasado con un grupo de alumnos que, al principio cuando los conocí, las mujeres no hablaban, solo participaban los varones de la clase, como que las mujeres estaban un poquito más relegadas. Fue un trabajo muy de hormiga hacer que las chicas hablasen. Después de las vacaciones de invierno se dio el cambio: ya participaban, levantaban la mano, vinieron a decir cosas, a emitir sus opiniones, o tener en cuenta cuándo un varón estaba interrumpiendo a una mujer”.
En Luján, la denominada “Ciudad de la Fe”, Brenda Ibáñez, maestra del nivel primario del Colegio Montessori, recuerda sus inicios en una escuela pública zonal en la que la estructura educativa convencional está más marcada y en la que se sintió “sola” al momento de abordar los planteos de los chicos: “Después a los padres te los bancarás vos”, le respondían desde el mismo cuerpo directivo. “Todavía hay muchos maestros que en su vida cotidiana prefieren no hablar sobre estos temas, entonces significa que en sus aulas no se aplica la Ley de Educación Sexual Integral, y que por lo tanto los chicos se pierden de un reconocimiento de género y de todos los aspectos que la misma trata”, alertó pero -sin embargo- cree que esa “grieta ideológica” es necesaria que se dé para crear un pensamiento crítico.
“Si la escuela genera el espacio para lograr el fundamento y para que el chico pueda tener un pensamiento crítico y donde pueda reflexionar, las cosas van a dejar de ser un ‘River-Boca’. Aquellas cosas que han generado un cambio social son las que han atravesado y atraviesan trasversalmente a la escuela y por ende, en parte, en ese traspaso de lo social a la escuela, ocurren un montón de situaciones que por ahí en otro momento estaban pero que no habían emergido producto de distintas variables que hoy están como los medios de prensa, redes sociales, y todo lo que eso implica”, agregó al respecto Javier Palomeque, director del nivel secundario del Montessori de Luján.
Este nuevo paradigma no solo llevó a debatirlo dentro de las instituciones educativas sino también dentro del núcleo familiar, ya que en teoría es el primer agente de socialización del ser humano. “Siempre les decimos a los padres que es mejor que les chiques tengan un espacio donde preguntar, donde estar acompañades en vez de mandarse soles porque es verdad que hoy en día la calle está difícil. Nosotras trabajamos con una población con muchas dificultades socioeconómicas y culturales, y entonces creemos muy positivo que estén acompañades en ese sentido, en un marco de respeto y de confianza donde puedan preguntar”, aludió sobre el asunto Sabrina.
Este semillero de chicos y chicas cobra más fuerza a medida que transcurren los días, se muestran más inquietos y rompen con los prejuicios que “los grandes” les han impuesto históricamente. Quien se sumó a opinar sobre esto fue Matías Caravaca (17), uno de los jóvenes que participó del mediático “pollerazo” en el Colegio Modelo de José Mármol el año pasado: “Si bien mucha gente considera que les adolescentes tienen como la cuestión de ‘estar siempre ahí sin hacer nada’ y que ‘son unos vagos, unas vagas que no hacen un carajo’, les alumnes del colegio siempre mostraron un énfasis muy grande por informarse, por ejemplo, sobre algo que es tan cotidiano como son las relaciones sexuales y también las relaciones con las personas con las que convivimos: cómo se identifica, cómo se siente, y comprender lo que nos quiere transmitir y que desconocemos. Hay gente a la que le explicas lo que es ser ‘trans no-binario’ y no tiene ni idea porque jamás en su vida lo vivió de cerca o jamás nadie vino y le dijo ‘esto es una cuestión que no se está visibilizando, pero que existe’.
Estos asuntos en el colegio se plantean. Muchos somos les chiques los que queremos hablarlo pero también hay profesores y profesoras que nos traen como tema el aborto y nos lo dan para que se armen debates”.
Este joven que se adentró en el feminismo a sus cortos 13 años, explicó que, tras haberse replicado este movimiento entre sus pares, llevó a que los mismos varones cuestionasen sus privilegios y a ceder siempre el lugar a las compañeras. “Hoy por hoy, es la gente de mi edad la que está revolucionando todo este movimiento y la que le da un impulso muy grande”, aseguró Matías que cree que más que una “cuestión del colegio” esto es mérito de las mujeres adolescentes feministas.
Las problemáticas que se plantean ya sea dentro de la escuela como en el resto de las instituciones no es ninguna novedad, pero la diferencia está en que hasta no hace mucho tiempo atrás, a los jóvenes no se les daba la palabra ni mucho menos se les preguntaba cómo se sentían; recibían una educación vertical, estructural y convencional, y la repetición de patrones sociales era la neta realidad. Actualmente, los especialistas hablan sobre “demandas nuevas” que hacen uso de tradiciones participativas ya presentes en la escuela argentina. “La novedad reside en que las demandas de género aparecen como transversales y con una capacidad de articular jóvenes diferentes, más allá de identidades y organizaciones tradicionales, como los partidos políticos, movimientos sociales e incluso la difusa identidad ‘independiente’ o ‘autonomista’”, resume la Doctora Larrondo.
El movimiento #NiUnaMenos apareció para derribar estructuras y para deconstruir a una población que estaba ciega, sorda y muda. La lucha a flor de piel que llevan adelante millones de mujeres que no llegan siquiera a la edad de 18, que por décadas y décadas buscaron un refugio y un lugar de pertenencia, hoy crean redes dentro de la misma escuela para poder vivir mejor en un mundo que el día de mañana les pertenecerá a ellas, ellos y elles.