Escribe: Hernán Leonel

Enseñaba Platón que la justicia consiste en dar a cada uno lo que merece. Pero fue su discípulo, Aristóteles, quien definió la justicia correctiva, el término medio entre la pérdida y la ganancia.
Jamás hubiesen imaginado aquellas ilustres mentes que precisaron la esencia de la justicia universal la forma descarada en que el aparato judicial de hoy beneficia a los poderosos mientras que desampara a los más pobres, relegados estos a la reclusión social.
En Argentina, las leyes y la impartición de justicia no reflejan la realidad del país y tal parece que están hechas a la medida de grupos de poder económico o político y en contra del bienestar de las mayorías.
Demás está decir que el poder Legislativo de turno propone a los jueces que van a estar en el poder Judicial y será el Consejo de la Magistratura quién apruebe o no. Por lo general... ya saben la respuesta.
Esto, no hace más que demostrar que la justicia no atiende las necesidades del país y, por el contrario, tiende a favorecer intereses particulares. Esta perversión del sistema de justicia pone de manifiesto la necesidad de reformarlo para adecuarlo a los principios de equidad e imparcialidad que deben regir en un estado de derecho.
Es indiscutible que cuando no existe justicia, o esté debilitada por alguna razón, aumentan los problemas que experimenta un país. Así empiezan a aparecer los casos de violencia y abuso de poder (como los pasados gobiernos de facto, o en gobiernos democráticos) a los cuales se los ve salpicados por la falta de transparencia en las decisiones políticas, económicas e inevitablemente en la corrupción.
Cuando esto ocurre, la población experimenta una falta de confianza, que tiene como base el respeto a la institucionalidad.
Esto afecta y altera el orden y la disciplina social. Asimismo, el problema mayor se encuentra en la falta de imparcialidad que es percibida por parte de los ciudadanos de la elite o del llamado círculo rojo, tanto si se tratan de funcionarios como de empresarios.
De tal manera que las normas y leyes que debería aplicarse a todos solo obedecen a los intereses de los gobernantes de turno, distorsionando el concepto de justicia y convirtiéndola en una herramienta que es manipulada por el partido político con mayor poder.
Cada gobierno democrático tiene la responsabilidad de poner la justicia en servicio de la gente, dejando de lado intereses privados y no manipulando las leyes en su favor.
Solo de esta forma las personas recuperarán la confianza sobre el Estado, respetando y acatando sus decisiones. Se trata de un compromiso que todos, no solamente unos pocos, debemos priorizar.
A la Señora Justicia se le han descompensado tanto las balanzas que finalmente se le han roto. Ni equidad ni imparcialidad ni acceso universal.
Olvídense del artículo de la Constitución que dice: “Todas las personas tienen derecho a [SIC]”. Justamente, los derechos, tristemente, han pasado a la historia. Y la Justicia se ha quedado sorda, ciega y muda como los tres monos sabios chinos que se negaban a escuchar, ver y decir maldades. Por un lado y, dependiendo como se la vea, a la figura de la mencionada, se la puede observar caminar silbando bajito, como pidiéndole a cada pie permiso, para dar su próximo paso. ¡Allá va!... desgastada y un poco corroída, con la ropa deshilachada y con el filo de la espada gastada de salvar una patria que se cae a pedazos hace aproximadamente unos pocos más de 200 años.
Mientras tantos, todos les pedimos un poco más. ¡No aflojes ahora Señora que sino…! Se la nota depresiva, pálida y hasta me han dicho que con ganas de renunciar. ¿Qué le costará aguantar otros dos centenarios?
Dele doña, perdón, Señora. Imparta JUSTICIA y brindemos por más democracia.
Por otro lado y dependiendo quien quiere qué y cómo la vea… no es más ciega, ve lo que le conviene y cuando no, se dice ser no vidente. Le sobra fuerza y de tanto en tanto… ZAZ… te cruza de atrás con todo el poder de su espada y vos te quedas boquiabierto.
“¡Al menos venidme de frente que éste caballero resistirá el avatar!”, exclamó un señor hace unos 100 años atrás.
Una fuente cercana y confidencial me ha dicho algo letal... La Señora habla... “¡Aleluya hermanos, esto es un milagro!”, exclamé mientras mi fuente me observaba con los brazos en jarra en señal de incredulidad.
“¿Pues qué no lo veis?
Ahora podrá decir todo lo que ha visto, escuchado y por fin la verdad verá la luz”, agregué. “Siempre y cuando tengas algo que ofrecer”, replicó mi fuente al unísono que se perdía entre la maleza y la oscuridad de la noche me dejaba al desnudo; por mi ingenuidad; ciego, por intentar ver; y sordo, por escuchar lo que no quería oír.